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Hemos hecho notar que, en general, el trabajo, como espacio de
representación en un mundo como el de la publicidad, puede
entenderse como un espacio aparentemente negado, ya sea por activa,
es decir, por su relación opuesta a la cultura del ocio que
en general se promueve en ella, ya sea por pasiva, mediante las
operaciones de ocultación sobre su verdadera naturaleza;
pero también es cierto, por otra parte, que, en uno y otro
caso, se detecta la existencia, dentro de los modelos utilizados
en la descripción de ambientes de trabajo, de espacios específicos
donde se nombra en femenino y en masculino. Y en ellos cabe distinguir
de forma clara la distinta naturaleza que nuestra sociedad otorga
al compromiso con la realidad laboral según se trate de personajes
masculinos o femeninos.
En uno y otro caso, la manipulación que se pone en funcionamiento
en los microrrelatos utilizados como espacios donde recrear situaciones
en las que ubicar el producto está claramente al servicio
de la idea de negar la naturaleza laboral de los personajes femeninos,
asociando su representación, invariablemente, a su condición
de objeto sexual o de sujeto subsidiario y nutriente familiar, de
natural servicio gratuito.
Casi invariablemente observamos que el trabajo, en cuanto se feminiza,
en primer lugar deja de ser relevante, como podremos comprobar en
muchos de los spots escogidos para el montaje que proponemos analizar
seguidamente a esta introducción general, y, en segundo lugar,
pasa a ser, como ocurre con el trabajo reproductivo/doméstico,
un trabajo cuya recompensa es el bienestar de los demás y
la anulación implícita que con ello se supone de su
nivel de complejidad, especificidad y valor económico, tanto
en el orden pecuniario como en el orden emocional. En tercer lugar,
la publicidad marca la distancia de esta calidad económica
con la que se evalúa de manera distinta el trabajo masculino
y el femenino a partir del valor de los productos de consumo que
se les propone disfrutar a unas u a otros (véase, por ejemplo,
los distintos modelos de coche según vayan dirigidos a público
femenino o masculino y el valor económico añadido
que se les supone); y la función que se subraya como ventajas
del producto también según el destinatario/a que se
persigue. En el caso de los coches pequeños destinados a
consumidoras, se insiste en la manejabilidad de su conducción,
su funcionalidad en el transporte de la compra y en la facilidad
para poder aparcar a la salida del colegio de los niños.
Nada que relacione cada una de estas actividades con la experiencia
de los cuerpos de las mujeres y el trabajo. En cuarta y determinante
posición, nos encontramos, pues, las mujeres como no nombradas
dentro del sistema de trabajo, y en esta negación se produce
gran parte de la ideología de la prescindibilidad, que nos
confiere estatuto de objeto dentro de la cultura patriarcal. Lo
que importa es garantizar la cobertura de las necesidades de los
demás, no quién y por qué, vaciando con ello
de sentido cultural y político las horas dedicadas a los
trabajos de cuidado y reproducción.
Es en estas operaciones discriminatorias donde, por una parte,
descansa la referencia anacrónica a unos estereotipos que
insisten en unos recursos narrativos que, como en el caso del discurso
publicitario, desatienden, negándole espacio de representación,
a la cada vez más alta y reconocida independencia económica
de las mujeres y su progresión en el ámbito profesional.
Además, esta discriminación, insistentemente reforzada
por parte de la representación publicitaria hegemónica,
sigue dando alas a todas las corrientes que actúan interesadamente
contra la evaluación paritaria del trabajo de las mujeres
y contra el reconocimiento en términos de valor económico,
aunque no necesariamente retributivo, de su dedicación al
trabajo doméstico.
Indirectamente se cumple la función de seguir obstaculizando
el avance en este último caso, por ejemplo, en la redistribución
de responsabilidades de cuidado, alimentación y limpieza.
El discurso publicitario ejerce, pues, una especie de contraprogramación
insistente debido a que el modelo de consumo que propone quizá
se acabe resintiendo de los cambios propuestos por el cambio de
papel de las mujeres en el espacio de validación social.
Para empezar, la superación de la paradoja uniformizante
de los arquetipos sobre los que se sustentan las bases de lo que
de forma indiscutible hoy denominamos femenino o masculino abre
un espacio a la diferenciación representacional y a su experiencia
política que necesariamente obligará a que los discursos
cuestionen esta invisibilidad fruto de la falsa uniformización.
La propuesta que desarrollamos en estos materiales es la de desvelar
los mecanismos de enunciación que encubren o explicitan diversas
operaciones discriminatorias con relación al ámbito
del trabajo de las mujeres y detectar los mecanismos que, aunque
de carácter arquetípico y anacrónico, siguen
suponiendo un contramensaje a los cambios que se están produciendo
en nuestra sociedad y a los cambios aún por venir, que necesariamente
se tienen que producir para poder establecer políticas globales
de conciliación entre la vida laboral y personal realmente
efectivas que dejen atrás prejuicios que enturbian el recorrido
hacia una superación gratificante de unos límites
arbitrarios e ineficaces que siguen inscribiendo a las mujeres en
el territorio del dominio y la expansión masculina sin ningún
respeto a las aspiraciones y deseos diversos del universo de las
mujeres.
Hemos organizado distintos bloques de spots y a cada uno de ellos
se propone un motivo de análisis que pretende superar la
simple crítica para intentar llegar a la comprensión
del hondo calado de estos mensajes y su papel de configuradores
de una mentalidad colectiva que hay que dejar atrás mediante
la discusión y la propuesta de creación de nuevos
mensajes más acordes y respetuosos con las legítimas
aspiraciones de participación y realización personal
de las mujeres, que de forma invariable redundarán en una
mejora sustancial de las relaciones sociales.
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