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Una primera ojeada a los microrrelatos que configuran el universo
publicitario nos podría dar a entender que estamos frente
a un mundo donde el trabajo prácticamente no existe. Y ciertamente,
en muy contadas ocasiones, se hace referencia a situaciones explícitas
en las que este tipo de quehaceres, que ocupan más de la
mitad de nuestro tiempo de vigilia, tengan un protagonismo relevante
y central.
Si siguiéramos a rajatabla esta primera apreciación,
cometeríamos con toda probabilidad un grave error: no darnos
cuenta de que la publicidad, si bien es cierto que no centra en
este tema la puesta en escena de las situaciones de promoción
de gran parte de sus productos, sí que de forma indirecta
proyecta y recrea sobre el mundo del trabajo de formas diversas,
que van desde un cierto realismo a la metáfora más
sofisticada una parte importante de sus propuestas de seducción
al consumo.
Para corregir esta apreciación a primera vista, en primer
lugar, tendremos que mirar con atención una de las características
más aceptadas sobre la naturaleza del discurso publicitario,
como la que pretende con toda naturalidad proyectar, sobre el producto
publicitado y sobre las situaciones argumentales en las que lo recrea,
una atmósfera de bienestar, de situaciones originales, novedad
y finalmente de cambio sustancial. El mundo del trabajo, en sí
mismo, no está considerado en nuestro ámbito cultural
como un lugar en el que puedan ocurrir cosas así. Se sigue
considerando como un castigo y sigue siendo visto como un espacio
sin ningún tipo de posibilidad mágica; es un lugar
poco dado a la poesía y donde sigue pareciendo imposible
que ocurran cosas que permitan experimentar las situaciones de éxtasis
consumista usuales a las retóricas de la mayoría de
spots. En este sentido, el medio publicitario parece acatar un mínimo
común verosímil y parece respetar ese lugar común
que sobre el trabajo sigue siendo dominante en nuestra sociedad.
Sin embargo, una lectura más atenta nos dará a entender
que son muchas más las situaciones de trabajo que se representan
en los anuncios publicitarios de las que a primera vista se detectan
como tales, ya que un gran número de ellas hacen referencia
a experiencias profesionales, aunque el medio y las estrategias
de puesta en escena se encarguen de desnaturalizarlas y así
hacerlas compatibles con sus propuestas de seducción.
Nos encontramos, por lo tanto, ante un doble bucle de aceptación
/ocultación/ tergiversación que hace que podamos detectar
una relación perversa entre el mundo del trabajo y el universo
publicitario. La manera más usual en que se expresan estas
relaciones perversas radica en cómo se presentan las situaciones
en publicidad, que parecen ser en general, como hemos referido,
respetuosas con los cánones y consideraciones que en nuestro
contexto cultural se proponen como ejes en los que descansa la razón
del trabajo. Por ello, su tratamiento explícito es a menudo
negado sistemáticamente, sigue oculto y no se refiere más
que a través de algunas señales que permiten a lo
sumo generar impresiones de contexto, convenciones
de situación, casi como de índole decorativa,
donde tal o cual personaje experimenta el placer del producto publicitado.
Los escenarios de trabajo actúan a menudo simplemente como
una señal para ubicar correctamente al personaje
y su relación con el producto. En apariencia, nada más.
Detrás de esta forma de entender la representación
del mundo del trabajo se parapeta una idea de destrascendencia,
de banalización, que pretende en realidad ocultar las realidades
laborales a las que indirectamente se hace referencia. Esta ocultación
se produce al dar a estas situaciones poco tiempo en escena y, sobre
todo, al darles también un tratamiento dentro del relato
de carácter poco significante, de poca importancia y valor.
Hasta cierto punto la naturaleza de estos discursos no deja de
ir en la dirección que marca también parte de la operación
de ocultación de la realidad del trabajo al proponer una
fructífera asociación entre cultura del consumo y
cultura del ocio. Un ocio entendido como antitético del mundo
del trabajo y que los mensajes publicitarios, con su manto del hoy
puede ser un día feliz si consumes esto o aquello,
pretenden enmascarar la dura tarea de la supervivencia y, yendo
un poco más allá, cubrir también de forma absoluta
los descansos y las pausas entre jornada y jornada mediante el ejercicio
consumista. La progresiva reducción de posibilidades ofrecidas
para el ocio fuera del consumo ha convertido el célebre ir
de tiendas en un casi único y general modelo de actividad
fuera del espacio de trabajo y un lugar de refrendo indiscutible
de las propuestas publicitarias que siguen insistiendo en su incuestionabilidad
en todas y cada una de sus estrategias de seducción.
A esta característica descrita habría que añadirle
la consiguiente desnaturalización de la que es objeto el
mundo del trabajo en este tipo de representaciones. La desnaturalización
se organiza sobre todo al sobreimponer a las situaciones de carácter
realista, por ejemplo una camarera en un bar, un administrativo
que se reincorpora al trabajo después del periodo vacacional,
una mirada de la cámara y un orden narrativo del relato que
hagan que la camarera se convierta en una arrebatadora mujer gracias
a su estrecha relación con la cerveza que sirve y que además
se beneficia de su encanto para promocionarse; y que al administrativo
lo veamos como un ejecutivo de importante proyección, necesitado,
para que su labor trascendente pueda seguir en expansión,
de un protector láctico.
Desnaturalizar, pues, convirtiendo las señales realistas
en situaciones que nada tienen que ver con la realidad y llevándolas
a unos extremos delirantes. Trasladadas al mundo del trabajo, las
señales convertidas en delirio generan sobre éste
una serie de convenciones del todo alejadas de lo que puede llegar
a ser asumido por cualquiera que trabaje en un bar o en una oficina,
pero que siguen operando una suerte de seducción sobre la
base de una retórica que se dirime entre lo más arquetípico
del discurso constituyente de la mujer objeto, ofrecida como trofeo
continuo a la nada esforzada mirada masculina, y a la autoimagen
heroica de una masculinidad que todo lo vuelve trascendente. Y por
supuesto cualquier tarea que realice.
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