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En el ejemplo 1, proponemos diversos anuncios protagonizados
por niños y niñas que muestran situaciones de aprendizaje
diferenciado según el sexo. Los anuncios de muñecas
enseñan a las niñas a ser madres cuidadoras, función
tradicionalmente asociada en exclusiva a las mujeres. En algunos
casos, como en el anuncio de Barbie, se va más allá
y se hace referencia directa a la peluquería, un oficio casi
siempre desempeñado por mujeres y poco valorado socialmente.
Lo mismo ocurre en el caso de Tejenova, que enseña a las
niñas a tejer, pero no sólo eso, sino que el planteamiento
del spot alude a una determinada propuesta de obtención del
placer. En el caso de los juguetes para niñas, la satisfacción
se logra casi exclusivamente mediante la atención hacia los
demás, como evidencia el anuncio de Tejenova, donde la propuesta
de diversión consiste en confeccionar prendas de vestir para
los demás.
Los anuncios de juguetes para niños son
diferentes tanto en lo concerniente a las actividades como en la
idea de placer. La satisfacción se suele lograr mediante
el desarrollo de actividades que se presuponen placenteras para
uno mismo; además, la gama de actividades que pueden realizar
los chicos es mucho más amplia y diversificada, tal y como
podemos ver en los anuncios de Hot wheels, del tren eléctrico
y de muchos juguetes más.
La propuesta de diferenciación de las funciones
y placeres está tan consolidada que no nos extraña
encontrarnos con anuncios como el de Chiquilín, donde es
llevada al extremo de que una niña adopta directamente el
rol de madre. No nos hallamos ante una versión más
del clásico anuncio de muñecas, donde el aprendizaje
de la función de madres es un hecho, sino que ahora se trata
de un anuncio de un producto alimenticio. Si nos remitimos al capítulo
dedicado al trabajo reproductivo no remunerado, veremos que esta
niña cumple todas las características arquetípicas
que la publicidad ha definido sobre las madres. En el anuncio:
los niños se comen las galletas y la niña obtiene
un beneficio emocional por ello, ya que se alegra de verlos sanos
y animosos;
la niña se preocupa por la alimentación de
sus hermanos;
a la niña se la excluye de cualquier actividad física
o intelectual.
No sabemos que será esta niña en
el futuro; lo que está claro es que ya es madre, mientras
que sus hermanos todavía son niños que podrán
desarrollar cualquier actividad de aprendizaje hacia una vida llena
de posibilidades.
Otro aprendizaje que cada vez adquiere mayor importancia
en la publicidad dirigida y/o protagonizada por niñas y niños
es el relacionado con el cuidado y la utilización del cuerpo.
De algún modo se prepara el terreno para que niños
y niñas tomen conciencia de su cuerpo y dirijan una mirada
crítica sobre él, pero las niñas son impulsadas
con más insistencia a creer que su cuerpo es algo muy importante
en sus vidas y que será esencial para ellas cuando sean adultas.
Si nos fijamos en los anuncios de alimentación,
cualquier producto energético (como las galletas Chiquilín)
excluye directamente a las niñas, porque la consigna que
reciben ellas es que deben preocuparse por su línea, mientras
que a ellos se les dice que lo importante es crecer fuertes.
Esta preocupación por el cuerpo es un proceso
que se aprende. Anuncios aparentemente tan inofensivos como el de
Johnsons, por ejemplo, inician a las niñas en la problematización
de su aspecto. El de Telefónica muestra cómo utilizan
el cuerpo unas adolescentes, plenamente conscientes de que éste
es una herramienta para conseguir lo que quieran, y permite constatar
que la apariencia física es un elemento decisivo en la valoración
que los otros hacen de nosotras. Por otro lado, estos dos anuncios
sirven para ilustrar cómo la presión sobre el cuerpo
de las mujeres es una constante en la publicidad dirigida a la infancia,
que persiste en la adolescencia y adquiere proporciones desorbitadas
en la edad adulta, cuando la dedicación al cuerpo se convierte
en un trabajo más.
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