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A diferencia de lo que sucede con los hombres,
las mujeres siguen siendo valoradas en gran medida por su apariencia
física, independientemente de sus cualidades personales y
profesionales. El cuidado del cuerpo ha pasado a ser una preocupación,
e incluso un problema para muchas mujeres, y cada vez se requiere
más esfuerzo y dedicación para adaptarse a las exigencias
sociales de perfección física. Los mensajes publicitarios
han dado un total protagonismo al cuerpo, mostrando de forma insistente
el ideal de belleza femenino y dándole una relevancia exagerada
en los ámbitos social y profesional. El cuerpo pasa a ser
un indicador del éxito social y, al mismo tiempo, un instrumento
para conseguirlo.
Hay una avalancha de anuncios que perfilan propuestas
específicas en las que se manejan contenidos que insisten
en seguir reproduciendo arquetipos femeninos a partir de la estructura
física que los acoge. La presión publicitaria juega
un papel decisivo en la problematización del cuerpo de las
mujeres, quienes, al interiorizarlo como algo incorrecto, dan por
justificada la inversión de tiempo, esfuerzo y dinero para
modificarlo. La consigna es que ya no basta con la limpieza diaria
y la depilación, sino que hay una serie de tareas adicionales
que aumentan día a día porque van surgiendo nuevos
problemas que es necesario tratar o zonas del cuerpo que hay que
mejorar. El cuerpo es en realidad un espacio que debe ser trabajado
a diario para que cumpla con las exigencias sociales. Traducido
a tiempo, esto implica que las mujeres deberíamos dedicar
una parte cada vez más importante de nuestra jornada al cuidado
y perfeccionamiento de nuestro cuerpo, hasta el extremo de que hay
quien lo define como tercera jornada laboral. Tiempo
y actividad dedicado no necesariamente a beneficio propio, sino
para conseguir acceder a una mejor validación del papel de
las mujeres en el mercado del deseo masculino.
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