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A lo largo de la historia, el poder se ha identificado
casi exclusivamente con el control del dinero. Por otra parte, el
dominio de la gestión económica, sea a escala microsocial
o macrosocial, se ha reservado al género masculino. Este
control legitima un conjunto de actitudes y valores atribuidos históricamente
a la esfera de lo masculino, tales como la buena capacidad de decisión,
el privilegio de tener la última palabra especialmente en
lo que a inversiones se refiere, la reserva exclusiva de los mejores
puestos de trabajo para ellos y el hecho de asumir que sus trabajos
requieren una preparación y dedicación absolutas,
y por tanto ellos quedan eximidos de cualquier otra obligación.
El acceso de la mujer a puestos de trabajo remunerado y competitivos
profesionalmente ha permitido cambiar la relación de derechos
y deberes, y ha desdibujado y mejorado este escenario.
Si bien es cierto que tal inclusión se ha
realizado a trompicones y que aún hay muchas esferas, sobre
todo en cuanto al reconocimiento laboral, que deben normalizarse,
el hecho indiscutible de que hombres y mujeres comparten cada vez
más responsabilidades de este tipo no puede obviarse.
Sin embargo, el discurso publicitario ha soslayado totalmente los
cambios que han ido operándose en el ámbito de las
relaciones entre los sexos, y sigue basándose en estructuras
tradicionales mucho más rentables para los modelos de consumo
que defiende. Así pues, en la publicidad, la mayoría
de las situaciones relacionadas con el progreso, el avance, la buena
gestión y la capacidad de tomar decisiones de cierto relieve
económico continúan presentándose como acciones
protagonizadas por personajes masculinos.
Por ello, en este apartado proponemos analizar
dos bloques de anuncios diferentes. El primero permitirá
constatar el empeño del discurso publicitario en promocionar
los personajes masculinos como los que tienen el control absoluto
del dinero y cuya capacidad de consumo es la relevante. En el segundo,
se podrá comprobar que esta capacidad de compra siempre se
presenta edulcorada en lo que se refiere a los personajes femeninos,
como derivada de la necesidad y responsabilidad dentro del orden
del bienestar familiar.
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