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La publicidad, como ya se ha dicho, no se refiere directamente
a las ocupaciones laborales. Éstas solamente aparecen en
los spots como escenario donde se producen distintas historias o
situaciones, actuando como marco referencial con el que los espectadores
y las espectadoras pueden identificarse. Pero tales marcos no son
en absoluto circunstanciales, o al menos no lo son tras reflexionar
sobre ellos. Si observamos una amplia selección aleatoria
de los anuncios que usan como marco distintas situaciones laborales,
nos daremos cuenta de que la publicidad, bien sea a través
de su propia retórica o simplemente por repetición,
promociona ciertos empleos en detrimento de otros, estableciendo
lo que denominaríamos trabajos de primera y trabajos de segunda.
Sin embargo, no podemos quedarnos solamente con este nivel de categorización,
sino que cabe resaltar que, tras dicha clasificación, subyace
una valoración cualitativa que prima a unos agentes laborales
sobre otros (hombres frente a mujeres). El análisis que proponemos
en este apartado trata de evidenciar que esta categorización
cualitativa se basa en las leyes legitimadoras amparadas por la
estructura dominante del patriarcado.
La publicidad, en su afán por captar al mayor número
de públicos posibles, reproduce una serie de roles o modelos
sociales tradicionales donde quedan distribuidos distintos aspectos
de la vida social y, con ellos, el marco laboral. El patriarcado
funciona como eje estructural a partir del que se legitima toda
una serie de actitudes y ocupaciones de la vida pública.
Y en esta estructura se amparan los modelos establecidos en el discurso
publicitario, que, por lo general, están desfasados o descompensados
respecto a la realidad de la vida cotidiana que todas y todos protagonizamos.
Es el propio patriarcado el que procura que se ejerza un poder
único liderado por el colectivo masculino, y es interesante
ver cómo actúa este impulso y cómo lo consumimos
a través de los spots.
Por ello, resulta muy significativo el primer anuncio
que se propone un spot que promociona un vehículo modelo
jeep, donde la creatividad y la decisión masculinas
quedan legitimadas al identificar al hombre con Dios, que primero
crea la tierra, luego la dota de vida y finalmente la provee de
poder y éxito a través del jeep, utilitario que, queda
sobreentendido, se destina exclusivamente al hombre y ha sido creado
por manos masculinas.
Los roles familiares también se distribuyen en función
de la legitimación de este poder controlado por el hombre.
En este sentido, resulta interesante comparar los anuncios de Avecrem
y salchichas Oscar Mayer. Aunque hayan transcurrido muchos
años entre uno y otro, la estructura de su discurso es idéntica.
Ambos spots intentan plasmar la imagen de una familia perfecta y
feliz: en los dos aparecen un niño y una niña; el
marido es quien trabaja fuera de casa, y por lo tanto quien tiene
un trabajo remunerado, y son ellas quienes se ocupan de las tareas
domésticas. Si bien en el primer anuncio podría parecer
normal (hacemos esta concesión) que la mujer
solamente trabaje en casa, en el segundo observamos que esta familia
modelo está desfasada respecto a nuestra realidad inmediata.
Y precisamente aquí reside la clave de la cuestión,
pues ya no se trata tanto del hecho de que se insista en representar
a las familias modelo bajo este patrón tradicional, sino
que el spot prevé que, en cuanto espectadores y espectadoras,
no presuponemos en ningún momento que ellas también
trabajan fuera de casa. Dentro del imaginario colectivo no queda
espacio para la duda, pues a fuerza de identificar la vida familiar
con este modelo hemos asumido históricamente que ellas son
las que permanecen en casa y ellos los que trabajan y, consecuentemente,
los que llevan el dinero y los que hacen mover el mundo. Al quedar
establecido el rol de cada cual en el orden familiar (recordemos
que estamos hablando de la escenificación de una familia
perfecta), asistimos también a la promoción de ciertas
ocupaciones laborales, pues el trabajo doméstico no ha sido
considerado nunca un trabajo en sí, ni tiene prestaciones
ni es remunerado, hecho que durante años ha hecho invisible
a la mujer en su espacio social.
No obstante, aunque en algunos spots hayan aparecido
mujeres en situaciones laborales que sí eran remuneradas,
existe también una discriminación sexual en lo que
a espacios laborales se refiere. Se tiende a ubicar a las mujeres
trabajadoras (no domésticas) en espacios que siempre están
relacionados con el servicio o la asistencia a los otros: azafatas,
enfermeras, secretarias, etc. En cambio, y aludiendo a la promoción
a la que nos referimos continuamente, a los hombres se les atribuyen
trabajos que supuestamente exigen mayor capacidad y responsabilidad,
tales como ejecutivos, astronautas, técnicos, etc. Tomando
como ejemplo el spot del Citröen Picasso, comprobamos
que la voz y las actividades del hombre se han asociado históricamente
a la voz de la razón y al motor del progreso, por lo que
el espacio técnico-científico es un espacio, en el
plano imaginario, destinado y ocupado por ellos exclusivamente.
En esta promoción de agentes y espacios
laborales fundamentales, aparecen una serie de valores y actitudes
que también se privilegian. El trabajo remunerado implica
un grado de inclusión social que automáticamente otorga
importancia, que legitima actitudes de privilegio, que concede capacidad
de dominio sobre el mundo y que justifica decisiones de expansión.
El control, la seriedad, la corrección, la energía,
la valentía y la agresividad son algunos de los valores que
acompañan tradicionalmente a los hombres trabajadores. Los
últimos spots que se proponen aluden a esto precisamente.
En el caso del anuncio que promociona el refresco Tango,
por ejemplo, el protagonista es un hombre que es capaz de movilizar
a todo el mundo en defensa de lo que él ha creado, es decir,
de lo que él ha propuesto para dicho mundo. El protagonista
tiene poder para convocar y para increpar, incluso de manera violenta,
a quien no esté de acuerdo con sus descubrimientos. En este
anuncio, cabe resaltar además su enfoque específicamente
sexual, pues observamos que, entre su séquito, sobresale
un grupo de trabajadoras que recoge la ropa que va desperdigando
el arrogante directivo mientras se desnuda, sin preocuparse de dónde
la deja. No se trata solamente de que el anuncio haya recaído
en la utilización de la figura de la mujer como persona siempre
dispuesta a servir, sino que además desautoriza el trabajo
de la mujer, ya sea secretaria, ejecutiva o lo que se pueda imaginar.
Su cualificación no excluye una indiscutida función
aceptada de servicio a las necesidades explicitadas o creadas por
los personajes masculinos.
La justificación de ciertas elecciones en función
del trabajo remunerado, a las que antes aludíamos, queda
ampliamente representada en los dos últimos anuncios, donde
se publicita un mismo servicio pero con destinos aparentemente distintos.
Al intentar vender la experiencia de sentirse bella o bello y al
promocionar ciertos productos cosméticos, la forma de interpelar
a sus consumidores modelos difiere sustantivamente en función
del lugar que ocupan el hombre y la mujer en la sociedad. En el
caso del hombre, la seriedad y el compromiso con su propio tiempo
que conllevan su trabajo le exige aprovecharse de los productos
y servicios estéticos. En cambio, para la mujer, el hecho
de sentirse bella o de cuidar su cuerpo para coincidir con los modelos
de belleza imperantes en nuestra sociedad es una condición
subyacente en ella misma (que, por cierto, supuestamente no le procurará
más oficio ni beneficio que llegar a ser deseada por otro).
Aparentemente, pues, los spots promocionan el producto de forma
diferente según se trate de modelos masculinos o de femeninos,
pero, en realidad, en ambos casos publicitan de forma visible o
encubierta la misma idea de diferenciación discriminatoria.
La diferencia no se emplea aquí como experiencia de diversidad
o expansión de su carácter subjetivo, sino que explícitamente
sirve para subrayar la naturalización de una arbitraria discriminación.
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