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Las mujeres somos el principal objetivo de las campañas publicitarias, dada nuestra doble condición de compradoras de artículos para nuestro uso y para uso de otros u otras. Asimismo, tenemos también un protagonismo especial en el discurso publicitario, puesto que nuestra imagen se utiliza como un objeto asociado a numerosos productos dirigidos al consumo masculino y a menudo recibe un trato vejatorio. La publicidad es un fenómeno transversal que recorre y cohesiona todos los espacios comunicativos, incluido el urbano, a través de la publicidad estática.

Tener en cuenta la diversidad de soportes que vehiculan el discurso publicitario es imprescindible para comprender no ya el alcance de los medios de comunicación tradicionales, sino también para detectar la interferencia publicitaria en el espacio habitado por las mujeres, incluyendo aquí el espacio del imaginario y el simbólico. Hay que considerar, por tanto, que no todo ocurre en el espacio televisivo y que nuestra condición de transeúntes nos obliga a fijarnos, sin querer, en esos otros espacios. Las vallas publicitarias, las campañas de impacto que ocupan lugares clave en el transporte público o que invaden nuevos territorios de la ciudad, los catálogos de venta o promoción de las grandes superficies tienen un carácter de permanencia invasora sustancialmente diferente a la percepción ofrecida desde otros medios, como la televisión, la radio o la prensa. La alteración de la percepción espacial que supone la presencia de mensajes publicitarios por las calles de la ciudad, ya sean de carácter móvil o fijo, significa, además, una injerencia continua en nuestra imagen pública y privada.

Por tanto, el análisis de las diferentes modalidades publicitarias, tanto fijas como dinámicas, resulta esencial. De hecho, el análisis crítico de la publicidad debería formar parte de nuestras prácticas colectivas, a fin de intervenir para mostrar nuestras discrepancias cuando fuera oportuno.

Del conjunto de medios de comunicación existentes, la publicidad ha resistido francamente bien los cambios sociales que se han ido produciendo en nuestro entorno. Los anacronismos de su discurso se deben a la defensa de unos modelos de organización y relación social que hasta el momento son los que mejor han garantizado unos niveles de consumo satisfactorios a sus intereses. En el ámbito publicitario las personas pasan a ser unidades de consumo y se considera que éstas son más proclives a consumir cuando viven organizadas en torno a modelos familiares convencionales. El papel de los personajes femeninos adultos en este esquema destaca por su clasicismo, es decir, por la referencia a unos modelos fijados por la tradición más conservadora y que cada vez están más desvinculados de la realidad. La publicidad, sin embargo, persiste en su defensa porque tal estrategia responde a las exigencias de un mercado de consumo de escasas miras, en el que se sigue dando prioridad a lo ya conocido antes que a lo que podamos conocer gracias a los nuevos parámetros y fórmulas de organización social que se están dando en todos los ámbitos. La inexplicable ausencia en las propuestas publicitarias de personajes femeninos con trabajos retribuidos fuera del ámbito doméstico es un claro ejemplo del anacronismo que se percibe en los discursos publicitarios, así como de su papel de abanderados de un orden antiguo y de una organización del mundo que nada tienen que ver con la realidad.

Por tanto, los arquetipos, tan profusamente empleados, no reflejan la realidad, sino que constituyen meras propuestas de esquemas o modelos de vida que debemos desear, fórmulas mágicas que se evidencian cuando las cosas se solucionan o que, dado el caso, permiten que todo pueda solucionarse.

La asignación rígida de funciones a cada sexo permite construir un mundo en el que los segmentos de consumidoras y consumidores quedan claramente señalados y, así, la referencia a ellos y ellas resulta más sencilla y operativa. Asimismo, este procedimiento ayuda además a imponer un imaginario social estático con el que se nos propone pactar emocionalmente. Mediante el uso de arquetipos se intenta que nos sintamos reflejadas en los modelos femeninos que la publicidad representa, que nos guiemos por una aparente diferencia que en realidad sólo tiende hacia la uniformización. Con esta estrategia, empleando personajes arquetípicos, la publicidad da a entender que quienes aparecen reflejados en ella representan todos los tipos de mujeres. Pero si nos fijamos atentamente, veremos cómo los personajes masculinos, además de estar representados en una amplia variedad de situaciones generacionales, también aparecen desempeñando funciones diversas, combinándose aleatoriamente aquellas derivadas de su condición de hombres con las profesionales: así, aparecen como padres, directivos, repartidores, vendedores, arquitectos, hombres de negocios, amantes, cocineros profesionales, peluqueros, músicos o maridos. Todas las actividades se relacionan y combinan.

En cambio, en el caso de los personajes femeninos vemos que esta variedad de funciones sólo contempla ocasionalmente la aparición de variables profesionales cruzadas con las funciones asociadas al hecho de ser mujer, como sería la de ser madre, abuela, novia, amante, suegra o esposa. A diferencia de lo que ocurre con los personajes masculinos, los femeninos tan sólo son desempeñan una función.
Esta simplificación homogeneizadora que sufren los personajes femeninos resulta muy evidente en la publicidad dirigida a la población infantil, al exhibir de forma descarada, simplista y agresiva unos modelos que dividen el mundo en dos géneros antagónicos. El femenino se caracteriza por la pasividad y la subalternidad, mientras que al masculino se le atribuyen el poder de intervención y la acción, con violencia incluida, resaltando ya desde el principio una diversidad mucho mayor de intereses y capacidades funcionales para lo nombrado como masculino, a diferencia de lo que ocurre para lo nombrado como femenino.
Otro factor que debe tenerse en cuenta es la influencia expansiva de la publicidad, puesto que es la que garantiza la pervivencia económica de la mayoría de medios de comunicación. Según la magnitud de las audiencias, la publicidad estará más o menos presente, así pues, y dado que el mercado mediático exige competitividad, podemos afirmar que los contenidos y los enunciados comunicativos son regulados precisamente por la publicidad. -Analizando así el discurso publicitario, desvelaremos muchas de las claves que organizan la imagen de la mujer ofrecida por otros medios de comunicación.

Esta relación entre la publicidad y el resto de medios resulta aún más trascendente por otro motivo: la capacidad contaminadora del discurso publicitario. Con su normalización prácticamente orgánica en todas las relaciones comunicativas, la publicidad ha creado unos hábitos de lectura y comprensión, ha divulgado unos valores tan poco deseables para el desarrollo humano como la superficialidad, el mínimo esfuerzo intelectual, la preeminencia del impacto y la velocidad sin matices. Si atendemos a la pedagogía negativa ejercida por la publicidad sobre la mayoría de la población, inculcando perfectamente las reglas y pautas citadas, las nuevas estrategias comunicativas –publicitarias o no–- tienen abonado el terreno para que sus falsas renovaciones o transgresiones sean consentidas por todos. Ahí es donde intervienen recursos de la retórica publicitaria que pretenden aparecer como cómplices de las transgresiones femeninas, spots que pretenden lanzar un guiño a la discrepancia general de las mujeres con los roles de género y funciones esencialistas presentes en todos los discursos convencionales. Salvo alguna excepción, normalmente de carácter institucional y no lucrativo, la aparición de este guiño transgresor tiene la función específica de crear un espacio de complicidad cuya última finalidad no es otra, precisamente, que la de diluir el potencial de las verdaderas disidencias.

En lo referente a las falsas apariencias progresistas, hay que incluir también como ejemplos significativos todas las anécdotas y parodias relacionadas con el nuevo papel social de las mujeres en actividades diversas. Estas incursiones de la publicidad y de otros medios en el terreno de los verdaderos debates acaban trivializando los conflictos, usurpando el lugar que deberían poseer los discursos críticos no oportunistas, aquellos cuyo objetivo es la solución de los citados conflictos y no su falsa sentimentalización e instrumentalización comercial, la esterilización absoluta de la capacidad comprensora y movilizadora.

La publicidad, mecanismo reproductor y apologético de la cultura consumista, actúa como una verdadera arma de persuasión, manteniendo y alimentando falsas necesidades con una presión constante que se extiende a todos los campos de acción social. Esta presión, ejercida sobre la población sin excepción alguna, tiene como objetivo fundamental a las mujeres, a quienes se dirige con más insistencia. Por ello este fenómeno exige por nuestra parte una doble tarea de resistencia: en primer lugar, la de divergir de los roles tradicionales impuestos por el patriarcado y, en segundo lugar, la de discrepar con el discurso consumista. En cuanto a las herramientas ideológicas necesarias para alcanzar este doble posicionamiento subversivo, las podemos encontrar en los trabajos y las experiencias colectivas de todas las mujeres que hasta el momento han disentido y creado medidas alternativas y en los planteamientos ecologistas relacionados con la sostenibilidad. Sin embargo, como el pez que se muerde la cola, la visibilidad y la difusión de estas ideas transformadoras siguen viéndose oscurecidas, cuando no contrarrestadas, por los mismos medios de comunicación, que interfieren constantemente en la posible circulación del conocimiento de hombres y mujeres con propuestas de cambio y transformación.

La publicidad es una vía de infiltración social que divulga y perpetúa los efectos negativos de la relación entre las mujeres y la naturaleza. Debido a esta asociación, la cosificación de su cuerpo, su tratamiento como objeto de placer al servicio del deseo masculino, puede ser visto como una consecuencia nefasta más del trato destructivo y cosificación que la cultura del dominio y la apropiación ha ejercido sobre el entorno cultural. Si la cultura patriarcal ha utilizado este binomio a favor del inmovilismo y de la perpetuación del poder establecido, el discurso publicitario, con su constante y creciente ejercicio de colonización visual, apropiación indebida e instrumentalización del cuerpo y de la imagen de las mujeres, sirve de remache.