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Asociadas a la representación de
los cuerpos jóvenes, las emociones aparecen en el discurso
publicitario en situaciones de explícita exaltación
relacionadas con el goce, el bienestar o la alegría
sin límites. Nunca se ponen en escena sus contrarios.
Se construye la ficción de un mundo vivido sin responsabilidad,
por tanto, un mundo a medias que sin embargo se vende como
completo, a la luz de la diversidad de productos y situaciones
que lo componen.
Por supuesto esto no se articula en el vacío, sino
asociado a los productos que la publicidad promueve. El efecto
final que produce tal operación, similar por otra parte
al que se crea en relación a los públicos infantiles,
es que es la misma acción de consumir la que se supone
que aporta el bienestar o la felicidad. Más allá
incluso de las características particulares del propio
producto, el acto del consumo es lo que nos define como sujetos
espectadores/consumidores. Adquirimos así una nueva
identidad desde la que se nos interpela a diario y frente
a la que no tenemos respuestas salvo que realicemos un ejercicio
de lectura crítica de todos los elementos propuestos
por la enunciación de cada mensaje.
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