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El colectivo al que va destinado este material pedagógico —chicos y chicas de 12 a 18 años— puede considerarse, a efectos de consumo, como especialmente vulnerable a los mensajes publicitarios. La sobreexposición mediática incide de forma especial en esta franja poblacional, sobre todo en los aspectos relativos a la percepción de la propia identidad, a la conciencia del propio cuerpo y a su inscripción en el espacio de relación o grupo, aspectos todos ellos esenciales en la formación de la personalidad juvenil que se ven cuanto menos interferidos por las propuestas e influencias de la publicidad.
El hecho de que el consumo televisivo, evaluado por gran cantidad de estudios empíricos sea considerado sumamente alto, es un dato de suficiente importancia como para que cualquier intervención educativa en relación a esta población no sea eficaz si no parte de un conocimiento claro de cómo actúan los medios de comunicación sobre ella. Es decir, sin saber cuales son las operaciones de seducción que se les proponen desde los espacios de la comunicación de masas.
Una de las características del consumo televisivo es la opacidad del proceso de recepción. Es decir, la retórica de este medio ha instalado un modelo comunicativo en el que lo que en realidad se comunica no es todo lo que parece que se comunique. Siempre hay algo más que acaba llegando como mensaje al receptor o la receptora. Por lo tanto, este mensaje recibido no se manifiesta nunca de forma transparente, aunque sí que deja su impronta en el inconsciente, donde se generan las identificaciones. El desconocimiento sobre este juego perceptivo por parte de muchas personas jóvenes, junto con la gran cantidad de horas de consumo televisivo, está en la base de la posición acrítica de la gran mayoría de ellas y es un campo abonado para todo tipo de maniobras de seducción y casi abducción de los públicos.
El modelo televisivo dominante, aunque se dirige siempre a grandes audiencias, construye un espacio de intimidad donde las identificaciones inconscientes se traducen en complicidades individuales. En esta intimidad construida desde la enunciación y agudizada por el exagerado mimetismo que los programas de televisión destinados a público juvenil adoptan con respecto a los usos y costumbres de sus audiencias jóvenes se desarrolla la estrategia envolvente y persuasiva de los públicos.
Además, tales programas, aparentando ser lo que no son –producciones institucionales, en su mayoría totalmente acordes con el talante conservador del sistema–, simulan ser más jóvenes que los propios jóvenes. Las presentadoras y los presentadores pretenden ser iguales a su público y hablar en nombre suyo. De este modo, la visibilidad de la puesta en escena, aunque sólo fuera mediante la diferenciación de los personajes mediáticos respecto a su público, se diluye y se crea una suerte de asimilación entre la calle y la pantalla, cuyo objetivo es precisamente trasladar la experiencia de lo real a la propuesta televisiva. Así, la pantalla convertida en escenario de lo real —porque pretende ser igual a lo real— cumple la función de pautar actitudes y valores, que son transferidos a las audiencias a través de las producciones televisivas en sus distintos formatos.
Para gran cantidad de chicas y chicos, los programas o emisiones televisivas (telefilmes, publicidad, concursos, magazines, etc.) se convierten en el garante ilusorio de sus deseos: basta con aparecer en pantalla para llegar a convertirse en lo que el espectáculo mediático exhibe constantemente como modelo. Se crea así una suerte de circuito cerrado entre la emisión y la recepción, donde la publicidad ejerce un papel central con su constante apelación al consumo.