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La publicidad, y sobre todo las franjas de programación específicamente destinadas a “dialogar con las audiencias juveniles”, basan su eficacia en dos operaciones que les permiten garantizar la rentabilidad de sus propuestas. Por una parte, la explícita confluencia entre el mensaje y los cánones estilísticos dominantes asegura unos presumibles altos niveles de goce estético que ponen en marcha los procesos de seducción encaminados a provocar impulsos de deseo en las audiencias. Esta dinámica merece especial atención puesto que la impronta de los mensajes publicitarios en el imaginario juvenil es de gran calado. Se trata de una influencia que, si bien es más indirecta que directa, lleva a jóvenes y adolescentes a convivir con unas expectativas de consumo basadas en el presupuesto de que todo es asequible, cuando, en cambio, en el plano de lo real casi todo resulta inalcanzable.
Parte de la tensión que observamos en los colectivos de jóvenes más conflictivos viene generada por la insistencia de los discursos publicitarios sobre la accesibilidad del consumo, un consumo que está además específicamente relacionado con unos productos que se refieren a sí mismos como garantes de un bienestar pleno de libertad, autonomía, diversión y triunfos. No poder alcanzar este (falso) bienestar, frustración que existe tanto si se consiguen los objetos o productos publicitados como si no, significa, en este escenario de seducción íntima, sentirse totalmente al margen de la felicidad y el éxito prometidos constantemente como valores añadidos a los productos en los discursos publicitarios.
La construcción social de la juventud como ente de consumo, insidiosamente estimulada por parte de la publicidad, ha proyectado sobre este colectivo una serie de exigencias que están determinadas por la creación de necesidades basadas en un proceso cada vez más extremo de indiferenciación en un sentido amplio.
Indiferenciación, por una parte, de poderes adquisitivos: los medios de comunicación, y la publicidad en particular, venden la idea de “ser joven” como un conjunto homogéneo, donde sólo aparecen las diferencias en cuanto modo de incentivar el consumo de la forma más amplia posible. Por lo tanto, tales diferencias son siempre superficiales, anecdóticas o falsas. La falsedad aparece también cuando los mensajes elaboran y difunden la idea de lo genuino u original. Frases como “tú eres diferente”, que aparecen con frecuencia en los mensajes publicitarios, contribuyen en realidad a uniformar gustos y hábitos: las mismas bebidas, los mismos vehículos, los mismos desodorantes. Así se construye un genérico juventud que no tiene relación alguna con las experiencias reales y que sólo existe en este territorio de lo imaginario donde se construyen las identidades.
Incluso estas experiencias reales suelen ser absorbidas por las campañas publicitarias con el fin de mantener o aumentar el impacto sobre los colectivos jóvenes y lograr con ello mayor eficacia en cuanto a sus propuestas de consumo. Por este motivo constatamos a menudo que las propuestas estéticas, conductuales o programáticas de ciertos movimientos de contestación juvenil sirven de referentes para los spots televisivos. Se trata de un desplazamiento temático, realizado con un evidente vaciado de los contenidos, que consigue complicidades e influencias mucho más trascendentes de lo que parece, aunque los jóvenes casi nunca se percaten de ello.