:: Inicio > Recursos didácticos > Juventud > Las partecipación social a partir de las propuestas de consumo

 

 

Las propuestas publicitarias influyen también en la configuración de modelos de conducta o de participación social difundiendo unos arquetipos vinculados de forma casi siempre inequívoca y esencialista a los roles sexuales más tradicionales. Efectivamente, aunque a veces se introduzcan actualizaciones aparentes de esta doble discriminación social (porque pretende excluir a ambos sexos de la amplitud de opciones sociales existentes), la publicidad sigue insistiendo en difundir conductas arquetípicas: expansivas, dominantes, desafiantes y autónomas para los chicos; pasivas, dominadas, inseguras y dependientes para las chicas. Estos modelos responden, por otro lado, a unas formas de conducta que, pese a que en algunos ámbitos continúen aún vigentes, han perdido ya su impunidad en el plano de lo real; al menos se ven desmentidas por las prácticas sociales reales, tanto por parte de las mujeres jóvenes como por parte de los hombres. Sin embargo, la asignación de valores asociados a los productos sigue siendo utilizada por las narrativas publicitarias como instrumento para conseguir que las audiencias interioricen la necesidad del consumo y sigue teniendo una reconocida influencia en el imaginario juvenil. En el fondo, lo que se propone como objeto de consumo no es más que todo aquello que se presenta como deseable.
Es decir, se llega al consumo después de haber asumido como propio el deseo, la expectativa de conseguir, mediante la posesión de una amplia variedad de objetos, un repertorio de privilegios intangibles, como la felicidad, la admiración y un sinfín de situaciones extremas y excitantes. Por ejemplo, hay que confiar —¿quién no lo hace?— en que la felicidad, en cuanto que es absoluta e indiscutiblemente deseable, renovará nuestras vidas cuando cambiemos nuestro viejo móvil por uno nuevo, que a su vez nos colmará de energía. La mayoría de los spots subrayan tal presunción en su puesta en escena, utilizando constantes interpretativas o iconográficas como la ligereza, la despreocupación, la libertad de acción e incluso la irresponsabilidad de los personajes. Evidentemente lo que no se cuenta, lo que se oculta, es la factura que hay que pagar cada mes para mantener el tipo de vida publicitado. Esto forma parte de la elipsis (de lo que no se dice) de este universo publicitario sin consecuencias.
Por tanto, no hay que contemplar la publicidad como un discurso que refleje o represente modelos humanos reales en el sentido estricto del término, sino como un dispositivo cuya función es garantizar la pervivencia de ciertas formas y usos sociales que hasta el momento se han demostrado rentables para un sistema económico basado en la producción imparable de bienes de consumo, que en su mayoría no responden a las necesidades reales de la población.
Por este motivo las retóricas comunicativas dominantes en la publicidad pueden ser interpretadas como síntomas culturales que nos informan sobre cómo somos vistos y vistas o, mejor dicho, cómo nos proponen que seamos vistos o vistas.