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Con el fin de lograr el máximo de eficacia, el discurso
publicitario necesita constantemente llamar nuestra atención.
Utiliza todo tipo de recursos para que nos sintamos interpelados
e interpeladas en primera persona, como si los mensajes, y
por derivación los productos, hubieran sido concebidos
pensando única y exclusivamente en cada individuo.
Nada más lejos de la realidad, puesto que ni los productos
se fabrican en exclusiva, ni la publicidad puede dirigirse
personalmente a cada sujeto. Por este motivo, en el discurso
publicitario abundan las exageraciones y las medias verdades,
que en ciertos casos pueden implicar incluso el engaño.
Podríamos afirmar que, exceptuando los casos denunciables
en que se pueda demostrar tal engaño (informaciones
falsas sobre las características de los productos,
ocultación de las medidas de los juguetes, insinuaciones
de prestaciones no reales...), lo que generalmente intenta
el discurso publicitario es crear la ficción de que
todos los productos están a tu disposición y
han sido pensados y creados para ti. Esta idea genera a su
vez otra: que las empresas anunciantes y las publicitarias,
al elaborar sus propuestas, conocen tus gustos y tus necesidades,
es decir, que pueden personalizar sus productos.
Si bien la reflexión y el sentido crítico pueden
atenuar los efectos de la presión publicitaria, lo
cierto es que, a base de insistencia, a menudo terminamos
interiorizando esa ficción, esto es, nos dejamos convencer
por tal ficción y acabamos confiando en los consejos
y las propuestas publicitarias.
El anuncio que analizamos a continuación es una demostración
muy elocuente de esta operación comunicativa.
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