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De los productos anunciados por la publicidad existen muy
pocos destinados a satisfacer nuestras necesidades básicas,
que tengan que ver con la supervivencia. En realidad, la publicidad
crea constantemente nuevas necesidades y deseos totalmente
artificiales. Productos que no tienen ninguna utilidad o que
no nos hacen falta, nos parecen necesarios para nuestro bienestar
a causa de juegos de asociaciones que ponen en relación
valores y emociones. De esta forma, la posesión del
producto anunciado nos proporciona cierta gratificación,
y ello sin ninguna base racional porque la asociación
del producto con valores y deseos (prestigio, estatus social,
etc.) se establece en nuestra mente de una manera arbitraria,
sin que estos atributos obedezcan en modo alguno a determinadas
características funcionales del producto.
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