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El aprendizaje instrumental de la lengua escrita o hablada debe extenderse al lenguaje de las imágenes, que se ha convertido en el dominante y que cada vez más, por influencia de la publicidad y la televisión, actúa como paradigma de la comunicación. El empobrecimiento que supone tal preponderancia para los hábitos de comprensión y reflexión de toda la población en general, pero sobre todo entre la infancia y la juventud, nos obliga a plantear la enseñanza de este tipo de lenguajes como una de las funciones prioritarias en el terreno educativo; no sólo como condición indispensable para adquirir una conciencia crítica ante cualquier manipulación de la opinión que se ejerza desde tales medios, sino fundamentalmente como actitud generalizada ante una supuesta forma de saber y de conocimiento de la realidad que vehiculizan los medios y que llegan a desvirtuar cualquier forma de relación que podamos establecer con la realidad y con nuestras propias experiencias.

En esta guía de lectura hemos seleccionado, a modo de ejemplo, una serie de anuncios agrupados temáticamente en seis apartados: el consumismo, el sexismo, el espacio doméstico, el cuerpo, el espacio social y la violencia.

En cada bloque temático planteamos pautas de lectura orientadas a la descripción y comentario de lo que vemos en las imágenes, es decir, mediante qué proceso aparece aquello que nos muestran y ofrecemos asimismo unas propuestas de debate que puedan orientar una reflexión colectiva. Hay aspectos evidentes y explícitos que por su uso reiterado integramos como naturales, como lo que naturalmente es; así sucede con ciertas funciones atribuidas a uno u otro género. Es natural que una madre cocine, que un padre no sepa desenvolverse en las tareas domésticas o que un joven conductor desee cosas muy distintas a las de una chica preocupada por su belleza. Constantemente los anuncios corroboran este modo natural de ser reproduciendo los estereotipos a través de los signos más banales que los definen.

Saber qué nos dicen estas imágenes requiere hacer visible aquello que se oculta bajo la apariencia, bajo lo que parece natural, y en un segundo momento, considerar qué vinculación se establece con el espectador o la espectadora, es decir, cuáles son los mecanismos de seducción que nos interpelan como simples consumidoras y consumidores del objeto publicitario.

En general podemos constatar la satisfacción inmediata que nos propone la publicidad en el simple acto de mirar. Nos sugieren un mundo, unos valores reducidos a meros gestos que podemos asimilar sin mayores complicaciones. La realidad queda reducida a una superficie lisa, sin resistencias, desprovista de las ocasionales dificultades que presenta todo ejercicio de comprensión-explicación de lo que sucede. Las sonrisas, los gestos y la sucesión frenética de las imágenes nos indican la alegría y felicidad que podemos conseguir gracias al objeto publicitario. Los deseos de reconocimiento quedan irrisoriamente fijados en múltiples objetos cuya función es ocultar el vacío que paradójicamente nos invade en cuanto termina el anuncio. Se trata de provocar un deseo que nunca podrá ser satisfecho porque una de las finalidades primordiales de la publicidad consiste en prolongar hasta el infinito el deseo de poseer con la mirada. Lo importante es mantener la visión constante de las imágenes publicitarias que se ofrecen como sustitutos del mundo que nos rodea. Actualmente, cuando tanto se habla de la civilización de la imagen, constatamos que cada vez sabemos ver menos: hay una ceguera creciente que nos impide ver realmente lo que hay en la imagen y, por supuesto, en la realidad. Si somos capaces de conducir y dominar de nuevo nuestra mirada, podremos también interpretar mejor nuestras realidades y las de nuestros hijos e hijas.


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