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Al destacar estos aspectos del lenguaje publicitario hemos querido subrayar la profunda influencia que ejercen sobre nuestras conductas y expectativas, más allá del consumismo salvaje que constituye la razón de ser de los anuncios.

El trabajo realizado desde los centros de enseñanza para contrarrestar los mensajes publicitarios debe prolongarse también fuera de las aulas y ser asumido por la familia. No se trata de plantear el análisis de la publicidad como tarea específica de la práctica académica, sino de incorporar tal actitud crítica al bagaje cultural del alumnado para que la aplique asimismo a otras actividades.

Nuestras propuestas de trabajo van encaminadas básicamente a ofrecer unos mecanismos críticos de lectura, si bien pretendemos ir más allá de la simple decodificación de los mensajes para poder aprehender lo que realmente dicen los anuncios. Creemos que el poder de las imágenes publicitarias en la actualidad radica en su ingente capacidad para movilizar nuestros deseos.

En los mensajes publicitarios podemos distinguir una economía del significado en tanto que vehiculiza una determinada significación sobre aquello que nos muestran las imágenes. Este aspecto tiene una clara incidencia social puesto que transmite una interpretación de la realidad que actúa sobre las prácticas sociales e individuales. Al mismo tiempo, existe otro tipo de influencia que apunta a la economía del deseo. Como ya se ha apuntado en repetidas ocasiones, el cine nos incita a ver un mundo acorde con nuestros deseos, mientras que la publicidad interviene además como conformadora de tales deseos al presentarnos el escenario adecuado en donde se hacen presentes los objetos supuestamente ansiados. La imagen dice, nos habla, pertenece al ámbito del lenguaje, pero seduce, se convierte en un objeto deseable.

Los mecanismos retóricos de significación, que van dirigidos a persuadir al espectador de las virtudes del producto, son sustituidos en numerosos anuncios por simples mecanismos de seducción que buscan provocar un determinado efecto en el espectador y en la espectadora. Ya no se trata de explicar una situación, de recrear unos escenarios donde se desarrolla la acción que gira en torno a las ventajas del producto anunciado, sino que, tomando como base el principio de eficacia, simplemente se crea un marco donde podamos reconocernos como en un espejo. Esta estrategia de seducción no deja espacio para la simbolización, sino que tan sólo busca la fusión con la imagen. El espectador y la espectadora son interpelados en cuanto mirada deseante, no en cuento sujetos que interpretan o comprenden el significado de la imagen. No es necesario entender qué dicen las imágenes sino sólo mirarlas. Por tanto, la publicidad acaba mostrando su verdad: el deseo de saber, de conocer, queda sustituido definitivamente por el puro placer de mirar.

La incidencia del carácter seductor de las imágenes en nuestros hábitos perceptivos se pone de manifiesto en la incapacidad, cada vez más acentuada en los niños y las niñas y en los jóvenes, para comprender aquellos relatos construidos por las imágenes que supongan una articulación mínimamente elaborada con el fin de expresar una determinada experiencia. El ámbito del pensamiento y de la reflexión quedan eclipsados por la pretendida comprensión instantánea que parecen prometernos las imágenes que nos asaltan constantemente desde la pantalla publicitaria. Entre la población joven el consumo de anuncios se ha convertido en una práctica cada vez más extendida precisamente porque el objeto que la publicidad ofrece como deseable es el propio anuncio.


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