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La lectura crítica de los anuncios publicitarios que proponemos tiene como finalidad favorecer la comprensión y el análisis de los mensajes que nos transmiten. Para llevar a cabo este trabajo debemos considerar, en primer lugar, la enorme influencia de la publicidad en nuestros hábitos perceptivos. Hemos asimilado hasta tal punto la retórica de las imágenes publicitarias que prácticamente no sabemos mirar de otro modo. Necesitamos aprender a contemplar las imágenes desde otras perspectivas, a ver lo que realmente nos dicen; de ese modo podremos adoptar una actitud crítica frente a sus propuestas.

Se trata, en definitiva, de desaprender aquello que hemos asimilado sin darnos cuenta merced a la mera repetición. Pero más allá del cambio en nuestra capacidad de observación, encontramos una serie de estrategias en la construcción de las imágenes que nos inducen a confundir el mundo evocado por los anuncios con el mundo real.

Cuando hablamos de confusión nos referimos a un mecanismo no consciente gracias al cual damos forma a nuestros deseos cuando contemplamos esos objetos maravillosos cuya característica principal consiste en ofrecer satisfacciones añadidas ajenas al propio producto. Parecen simples objetos, pero en última instancia nos solucionan la vida, nos confieren una identidad celebrada por todos o nos aseguran la felicidad.

Evidentemente sabemos que la publicidad no refleja el mundo real, pero es que su poder de seducción no se basa en esta ingenua correlación entre la imagen y su referente. De forma casi espontánea decimos esto es un anuncio cuando consideramos que lo que se nos muestra no se corresponde con la realidad. Sabemos que el coche promocionado no es fantástico y que los juguetes maravillosos que se ofrecen para deleite de niños y niñas tampoco son tal; pero en la publicidad subyacen mecanismos que escapan a la racionalización y apuntan hacia nuestros deseos.

Nuestros deseos no se orientan a la mera consecución del coche que vemos o de cualquier otro producto maravilloso que solucione nuestros problemas, sino que van más allá: se trata de conseguir el cuerpo que aparece en el spot, la sonrisa de felicidad que expresan los hombres y mujeres de los anuncios. Conformamos así nuestros deseos a las proporciones de un cuerpo, a las funciones que cumplen en la escena privada y pública los hombres y mujeres que nos sonríen desde la pantalla.

El mimetismo de gestos, expresiones u otros elementos que singularizan la apariencia seductora de los personajes que aparecen en los anuncios tiene especial importancia entre la infancia y la adolescencia. La necesidad de buscar modelos de conducta que permitan construir la identidad hace que estos grupos sean más vulnerables a tales estrategias de seducción. Pero también entre las personas adultas se da la necesidad de contrastar la situación real vivida con las formas ideales de los anuncios, que, entre otras propuestas, nos aseguran que satisfarán plenamente nuestros deseos. La compra de determinados objetos nos aporta la identidad que buscamos al vincular inconscientemente el producto a ciertos comportamientos y formas de vida. El tener determina el ser, precisamente por el juego metonímico entre el producto y su simbolización social.