El sexismo, es decir, la discriminación negativa por razón de sexo, generalmente en detrimento de niñas, jóvenes y mujeres, es una de las constantes más visibles en la publicidad, aunque siempre se pretenda encubrirla sobre la base de una falsa idealización. Los aprendizajes ocultos que se producen a partir de las propuestas imaginarias y simbólicas de los medios de comunicación están teñidos de un sesgo sexista que se concreta fundamentalmente en la construcción de personajes femeninos siempre asociados a papeles subsidiarios, a funciones de cuidado de los demás o como objetos de deseo.

La subsidiaridad de la mujer implica la negación de su autonomía, de su protagonismo real, de su centralidad. La atribución de funciones de cuidado significa que los personajes femeninos nunca son tenidos en cuenta como sujetos de cuidado de los otros/otras, sino que son considerados como los únicos responsables del cuidado y por tanto del bienestar de los/las demás. Así, a las mujeres se nos define como género a partir de las funciones de servicio y atención, consideradas por otra parte como las que mejor cumplen las expectativas que el sexismo nos impone y que se impone por tanto sobre nuestras representaciones.

Según estas consideraciones, la representación de las mujeres como objeto en publicidad es la culminación de esta función “decorativa” (por tanto subsidiaria) y “al servicio” de la mirada masculina que acaba desvelando la construcción de unos modelos cuya finalidad es “vender” el objeto a través de la seducción ofrecida por los cuerpos femeninos.

De hecho, la operación central que guía el sexismo en la publicidad es la que ha regido la mirada patriarcal sobre el mundo y que ha justificado su legitimación a partir de considerar natural lo que en realidad es la imposición de un contrato sexual dispar en sus atribuciones o derechos según sean la “parte” que lo establezca, hombres o mujeres.

El discurso patriarcal subyacente en publicidad sigue enunciando situaciones en las que lo masculino va asociado a inteligencia, fuerza, valor, independencia, capacidad económica, pasión por el dominio y expansión, mientras que lo femenino se asocia a dependencia, seducción, debilidad, delicadeza, ausencia de autonomía económica, aceptación del dominio...


Ejemplo 2: Telefónica