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En publicidad el espacio doméstico es el espacio de la feminidad por excelencia. El escenario que más frecuentemente aparece poblado por personajes femeninos es el del hogar con todas sus dependencias, y es ahí donde aquéllos realizan todo tipo de funciones relacionadas con sus supuestas responsabilidades afectivas y asistenciales.

Si estableciéramos una especie de “cronología vital” publicitaria, podríamos decir que “ya de niñas la casa es su lugar”, puesto que las situaciones en las que aparecen niñas generalmente están ubicadas en espacios y asociadas a funciones directa o indirectamente ligadas a la domesticidad. Los aprendizajes imaginarios inducidos por la publicidad raramente refieren situaciones laborales remuneradas en las que las mujeres ocupen responsabilidades importantes, y si ocurre en alguna ocasión, su eficacia suele vincularse a algún símil doméstico, competencia que, según los mensajes tradicionales, revalida el valor de una mujer.

La corresponsabilidad de las tareas domésticas es una de las asignaturas pendientes de la publicidad, que todavía trata a los personajes masculinos como ineptos en la mayoría de las situaciones que giran en torno al cuidado o la limpieza; los presenta en situaciones muy simplificadas para que puedan asumirlas con facilidad y casi nunca les otorga responsabilidades hacia los demás. En los tres casos se evidencia que el discurso publicitario sigue defendiendo el privilegio masculino, esto es, que los hombres no tienen que responsabilizarse de ninguno de los aspectos necesarios para el funcionamiento de las comunidades o las familias.

El privilegio señalado, el no asumir no ya el trabajo sino la responsabilidad de su continuidad y trascendencia en la vida de los/las demás, es dado como un don también a los personajes infantiles (niños) mientras que a las niñas se las utiliza como asistentas precoces felices en su función y en el reconocimiento que adquieren por ello.

Para redondear tal representación doméstica, que publicitariamente actúa a modo de limbo y que parece ser el lugar de la mujer aun hoy día, los personajes femeninos adultos acostumbran a relacionarse de forma edípica con otros personajes, masculinos en su mayoría por supuesto, que tienen la fuerza de la objetividad científica y la sabiduría suprema, sobre todo en materia de limpieza. Podríamos hablar de hombres-objeto, asociados mayoritariamente a productos de limpieza. Pero a diferencia de la construcción analizada en el caso de la mujer-objeto, el especialista masculino no es un valor añadido al producto, sino que por un lado aparece personalizado en su identidad específica: químico, director de marketing, mayordomo, atleta, luchador, es decir, no está reducido simplemente a una esencialidad masculina; y, por otro, tiene el poder de la razón, el uso de la palabra, el argumento, el control sobre lo empírico, a diferencia de las mujeres-objeto.


Ejemplo 1: Ariel
Ejemplo 2: Avecrem
Ejemplo 3 : Nenuco