El uso que los mensajes publicitarios
hacen del cuerpo los convierte en un lugar privilegiado
desde donde se pueden observar los mecanismos de enunciación
y las presiones ejercidas sobre las representaciones femeninas
y/o masculinas. El cuerpo es para la publicidad un espacio
más en el que colocar los productos, un espacio más
al que referir prestaciones de ciertos productos, un espacio,
en fin, desde el que dictar modelos estéticos y funciones.
Por tanto y dada su utilidad en el discurso, constataremos
que la publicidad ejerce directa y específicamente
gran influencia sobre la imagen del cuerpo.
La naturaleza de tal presión varía en intensidad
y naturaleza según sea la edad de los personajes
femeninos o masculinos.
Los cuerpos de las niñas, por
ejemplo, han de ser gráciles, frágiles, delicados,
mientras que los cuerpos de los niños estarán
presididos por su capacidad de movimiento, por su potencial
de expansión frente a la hiperseñalizada
capacidad de insinuación de las niñas.
Estas retóricas de señalización
genérica aplicadas a los cuerpos infantiles se proyectan
hacia las demás franjas de edad, convirtiéndose
en propuestas de penalización indirecta sobre la
experiencia de feminidad en el territorio de la vivencia
del cuerpo.
La propuesta de confrontación
dicotómica entre lo masculino y lo femenino se concreta
en la desmesura de las funciones atribuidas a los roles
femenino o masculino, proyectando la pasividad y la potencialidad
de insinuación de los cuerpos femeninos hacia todos
los territorios relacionados con lo masculino.
El cuerpo masculino, representado siempre
en expansión sobre los demás espacios
y sobre otros cuerpos, explicita su razón en el dominio
de todos los ámbitos, incluido el de la mirada. La
contraimagen es la de quien debe ser vista, y que se encuentra
pues, según el juego de las oposiciones, en posición
de ser controlada. De tal presunción se deriva el
hecho de que los cuerpos femeninos, cuando son tratados
específicamente en publicidad, siempre sean un espacio
con riesgo de descontrol que hay que regular, prevenir y
domeñar. Esta característica hace que los
cuerpos sean tratados como enfermos y necesitados
por tanto de múltiples tratamientos para corregir
esa feminidad en falta que debe acceder a una
perfección gratificante para la mirada masculina.
En un rápido examen de la cuestión, podríamos
decir que la publicidad somete a los cuerpos femeninos a
un conjunto de situaciones dignas de ser consideradas como
torturas para conseguir hacer perder la expresión
específica y diferenciada de la feminidad y proponer
un molde perfecto que resulta útil a los ojos de
esa mirada masculina que, por otra parte, la publicidad
se atribuye como propia y que casi con toda seguridad resulta
también una imposición para muchos hombres.
En tal escenario de dominio visual, retórico
y físico a fin de cuentas sobre el cuerpo, la tiranía
de la delgadez está omnipresente en tanto que estándar
social, impuesta asimismo como modelo estético y
como control indirecto pero incisivo sobre los cuerpos,
como expresión cultural y como posición de
clase. Su impacto está a la vista de todas/os: la
obsesión por un cuerpo perfecto como resultado de
la corrección de todas las imperfecciones.
La dependencia respecto a los modelos impuestos por los
enunciados publicitarios confiere a los imaginarios un casi
incontestable espacio de referencia que sólo el análisis
crítico y la deconstrucción consiguen desenmascarar.