:: Inicio > Recursos didácticos > Ampas > El consumismo > Ejemplo 2: Chrysler Voyager

 


Las prácticas consumistas han llegado a ser parte fundamental de nuestra vida hasta el punto de que a veces parecen ser nuestro único vínculo en cuanto miembros de la sociedad. En este contexto presidido por el consumo y los mensajes publicitarios se produce tal saturación de bienes y de ofertas que se podría decir que al menos un ínfimo tanto por ciento de la sociedad occidental ya tiene de todo. El discurso publicitario se dirige sólo a ese minúsculo sector, alabando una y otra vez su potencial calidad de vida y proponiéndoles constantemente mayor bienestar. Pero ¿qué se puede vender cuando estamos ante una saturación de bienes? El discurso publicitario apuesta cada vez más por los conceptos, las ideas y las imágenes (valores añadidos), y no por las cosas, para ofrecer los artículos de siempre pero con una nueva imagen que repercutirá en el proceso de identificación personal de cada individuo. Tales valores añadidos al producto, que construyen un espacio simbólico para quien los consume, son nuestro objeto de atención en el análisis del citado spot.

Una vez más nos encontramos ante el anuncio de un producto —en este caso un coche— que no habla de su calidad, sino de las potenciales ventajas asociadas a su posesión. En ningún momento el anuncio se refiere la seguridad, la velocidad o la innovación de su diseño o su ingeniería. El objetivo del anuncio es transmitir la idea de la supuesta felicidad familiar que el vehículo aporta en los largos trayectos. El anuncio insiste en la comodidad del coche, y para ello presenta como protagonistas no a las personas adultas, que son quienes realmente utilizan el automóvil, sino a un niño y una niña. La frase central del spot, repetida con insistencia por los hijos, es: “¿Cuánto falta?”, pregunta que reconoce fácilmente quien viaja con niños. Seguro que en un momento u otro de nuestra vida hemos pronunciado u oído esta frase. Por lo tanto, se está representando a una familia que podría ser la nuestra. El anuncio utiliza una experiencia, digamos, universal, para publicitar el coche. Mientras se pronuncia la frase vertebradora del anuncio, las imágenes que se suceden en el exterior —pues la familia está de vacaciones— son mostradas a través de ángulos difíciles: se utilizan planos picados y contrapicados en los que los hijos-protagonistas del anuncio se ven comprimidos, enclaustrados, asfixiados en unos espacios que solemos ver representados de manera espaciosa y con sensación de libertad. Las figuras humanas en la playa o las atracciones no aparecen en primer plano ni entrecortadas. En cambio, los hijos aparecen a través de un espejo oblicuo y las caras de los padres están cortadas por la mitad. Con ello, se consigue transmitir una sensación de claustrofobia o de incomodidad.

Las imágenes comprimidas siguen utilizándose, pero esta vez dentro del coche. Vemos a los hijos en el asiento trasero como si estuvieran en el cine, y luego un plano de toda la familia dentro del coche. Tales imágenes no nos producen incomodidad; al contrario, nos transmiten confort y tranquilidad. Este tipo de planos son más reconocibles dentro de un coche que en espacios exteriores.

En cuanto al tratamiento de los personajes, a los que más reconocemos en cuanto espectadores o espectadoras es a los hijos. Durante todo el spot molestan e incordian a sus padres, salvo cuando están encandilados con la película que pueden ver en el vídeo del coche. Cuando está en el coche, la madre, que se encarga del cuidado de los hijos, los observa sin tener que preocuparse de nada ya que sabe que están bien, cómodos, actitud que refuerza su expresión tranquila y de satisfacción. El padre, el cabeza de familia, a quien supuestamente va dirigido el anuncio pues es quien conduce el coche, apenas aparece en pantalla. Sólo se nos muestra una parte de su rostro cuando los niños están en las atracciones, y al final del anuncio, aparece de espaldas, llevando a su hija dormida en brazos. El spot retrata pues a una familia nuclear modélica (madre, padre, hijo, hija), con los roles correspondientes al arquetipo tradicional. De este modo resulta totalmente identificable.

El anuncio representa el triunfo de la familia modélica gracias al Chrysler Voyager que les permite un bienestar absoluto, y no duda en identificar el cariño y el confort de un padre con su hija con el que el coche les va a proporcionar durante sus viajes. Recordemos además que, aparte de las interpelaciones de los hijos, el anuncio no tiene apenas banda sonora. Sólo oímos el silencio y el rumor de la noche, que propician una sensación relajada y de bienestar, sin molestias, sin necesidad de que nadie nos intente vender nada, pues las imágenes y el placer simbólico que nos transmiten es suficiente para convencernos.

La imagen de la familia unida sirve para transmitir un halo de felicidad absoluta que nada tiene que ver con la adquisición frenética de productos para el ocio que nos transmitía el anuncio que analizamos antes. Esta vez, la felicidad incondicional viene descrita por el grado de civilización que aquélla representa. Confort, comodidad, cariño, tranquilidad, silencio son los valores anzuelo que utiliza el spot para vender un coche. Ni siquiera la diversión con la que se encandila a los hijos distorsiona el grado de bienestar que se publicita. A ello debemos añadir la voz en off que cierra el anuncio: “Chrysler Voyager, la diversión está dentro.” Tal frase resuelve todas las dudas que el anuncio pudiera generar sobre la velocidad o los sistemas de seguridad del coche. Lo que se vende son valores adicionales asociados a un coche familiar que, por otro lado, no es muy distinto de otros del mismo tipo, aunque incorpore un reproductor de DVD. Por tanto, el anuncio, visto así, es un discurso que sobresignifica, magnificándola, la experiencia casi cotidiana de cualquier familia.


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