Una de las etrategias del discurso
publicitario consiste en crear necesidades ficticias asociadas
al producto que se publicita para captar o mantener la fidelidad
de los espectadores y las espectadoras. Por ello, la retórica
publicitaria cuenta con un lenguaje audiovisual cuyo objetivo
es crear toda una serie de deseos y necesidades irreales
para que la adicción al producto se perpetúe
a través de las expectativas, a menudo simbólicas,
que genera. Generalmente vender el producto es lo de menos;
se trata de perpetuar lo que el producto puede ofrecernos
más allá de la mera posesión. Es decir,
crear una red de relaciones comerciales a largo plazo. El
consumismo responsable fue una fórmula que la publicidad
ya explotó anteriormente, cuando la lógica
mercantilista se daba por sentado, esto es, cuando el producto
que se adquiría tenía una larga esperanza
de vida, o, si hablamos de alimentos, cuando la competencia
entre los diversos productos se basaba en su calidad alimenticia
y nutricional. En nuestros días, cuando prima el
tener y la oferta satura el mercado, lo que se impone es
la lógica consumista, es decir, tener por tener,
consumir por consumir, pues de este modo se consigue que
el individuo se integre en un colectivo con el que puede
compartir todo lo que el producto le proporciona. Ya no
se venden cosas, se venden valores.