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Consejo del Audiovisual de Cataluña (CAC) :::: 31 Marzo 2005
Conflicto y violencia de género en el discurso publicitario
Manuel Garrido Lora
Las duras estadísticas sobre violencia de género han
incrementado la preocupación social por la violencia.
Desde la perspectiva sociológica, la violencia de género
se interpreta como una interacción social en la
que hombres y mujeres se encuentran en desequilibrio
por factores biológicos, socioeconómicos y culturales.
Los medios masivos, especialmente la televisión,
son considerados determinantes ambientales
en, por un lado, la configuración de estereotipos de
género, y, por otro, la convicción de que el conflicto
se convierte en condición suficiente para el despliegue
de la violencia humana. La publicidad, uno de los
tres grandes discursos televisivos, imita también los
modelos narrativos de otros contenidos audiovisuales.
Por un lado, pervive el modelo de sujeto masculino
dominante, competitivo e incluso agresivo, pero
también irrumpe un nuevo modelo de mujer joven
agresiva que arremete contra quien pudiera limitarla.
A vueltas con la violencia de género
La preocupación social por la violencia se remonta a los
orígenes de la civilización humana. Siempre ha existido
alguien que, conmovido por la pasmosa facilidad con la que
se produce la violencia intraespecífica, se ha planteado el
porqué de la misma. Sin embargo, ha sido en las últimas
décadas cuando el desarrollo de la ciencia, por un lado, y
de las sociedades democráticas, por otro, ha impulsado
-libre de ataduras religiosas o de otro tipo- la búsqueda de
respuestas a tan incomprensible acto humano. Esta
preocupación se ha multiplicado en las últimas fechas para
aquellos casos en los que la violencia se produce dentro del
hogar teniendo como víctima a la mujer. Aunque esta forma
de dominación masculina no es nueva, buena parte de la
sociedad actual observa con espanto estos actos, que
antes se ocultaban e incluso se toleraban. De hecho, tan
enraizada está la violencia sobre las mujeres en nuestra
cultura que el propio Diccionario de la Lengua Española
(vigésima primera edición) define la 'violencia', en su cuarta
acepción, como la "acción de violar a una mujer" (R. A. E.
1997: 2093). De este modo, de los muchos actos posibles
de carácter violento, destaca uno -la violación- perpetrado
sobre un único sexo -la mujer.
En todo caso, delimitar el campo semántico de lo que
entendemos por 'violencia' es bastante complicado, pues la
reflexión científica sobre el concepto ha llegado mucho más
tarde que el empleo cotidiano de la expresión, donde ha
servido casi de palabra baúl en la que encuentran cabida
muchos actos humanos, desde la patada al balón de un
futbolista hasta la más sanguinaria acción de un asesino en
serie, por lo que "es un término cubrelotodo que rebosa
claramente por sus costuras" (STORR 1987: 10). A esta
disquisición no es ajena la violencia de género, que agrupa
una gran cantidad de acciones variables en su intensidad y
en las consecuencias para la vida psíquica o física de la
víctima, configurando un tipo específico de violencia en el
que se amalgaman motivos, actitudes, conductas,
emociones y rasgos de personalidad.
La extensa bibliografía sobre el estudio de la violencia
manifiesta su importancia como hecho social. Entidades e
instituciones de todo tipo se han interesado por la investigación
de la violencia, generando un gran número de perspectivas
posibles para su estudio que pueden resumirse en
tres: amplias, restringidas y legitimistas (ARÓSTEGUI
1994: 22). Las primeras entienden la violencia como un
hecho social estructural, es decir, como toda forma de
dominación en la que priman la injusticia y la desigualdad
sociales. Así, se considera violencia, por ejemplo, al
desigual salario que hombres y mujeres perciben por que
realizar idénticas tareas. Las segundas, las restringidas,
consideran que la violencia implica el uso de la fuerza física
de manera intencional, generando daño observable en la
víctima. Esta concepción resulta más concreta y goza de
más aceptación social. Sin embargo, al identificar
exclusivamente la violencia con la fuerza física, excluye una
gran cantidad de actos que generan, a veces,
consecuencias nefastas no visibles, especialmente en el
caso de la violencia de género. De hecho, es normal que la
violencia física sobre la pareja curse con un complejo
cuadro de dominación y humillación psíquica aún más
insoportable para las víctimas que las propias agresiones
en las que interviene la fuerza física. Finalmente, la
perspectiva legitimista entiende que un acto es violento
cuando va en contra de lo legalmente establecido o
culturalmente aceptado, es decir, si es un acto ilegítimo. Se
trata de un tercer enfoque en el que la violencia no es un
hecho objetivo en sí mismo, sino que depende de la
interpretación del hecho por los actores implicados.
En resumen, la delimitación del concepto de violencia es
una tarea a la que se han entregado los investigadores sin
que este esfuerzo haya cosechado una definición unitaria
para toda la comunidad científica. Antes bien, los disensos
son palpables. A veces, este desacuerdo nace no sólo de lo
que los investigadores tienen en mente cuando emplean la
expresión violencia, sino de la multitud de conceptos que le
son próximos: el poder, la intimidación, la fuerza, la
coerción, la manipulación, el conflicto, la anomia, la
agresividad, la ira, la hostilidad, y un largo etcétera. En
algunos casos, se ha encontrado una identificado absoluta
de aquélla con alguno o algunos de estos. En otros, se ha
reflexionado precisamente sobre las diferencias que
impiden dicha equiparación. Nos centraremos precisamente
en dos nociones que tienen mucho que ver con el
desarrollo de la violencia de género en nuestra cultura: por
un lado, la idea de poder, y, por otro, la noción de conflicto.
Las personas poderosas tratan de mantener su dominio
sobre las demás mediante la fuerza, no sólo en el caso de
los totalitarismos políticos sino también en el más particular
de las agresiones domésticas, fruto en muchas ocasiones
de una cosmovisión en la que los maridos tienen poder
sobre sus esposas y ambos sobre sus descendientes. Aquí
entran en juego las autopercepciones de los sujetos con
respecto a su lugar en el mundo y el poder que pueden
ejercer sobre todo cuanto les rodea. De este modo, la
agresión humana se activa mayoritariamente para controlar
las impresiones que los demás pueden tener de uno mismo.
Cuando un sujeto se siente vejado en su posición de
dominación -lo que sucede cuando las mujeres inician los
trámites de separación o divorcio-, casi siempre recurre al
contraataque para demostrar su fuerza y capacidad de lucha
contra quien le ofende. El origen, por tanto, de muchas
acciones de violencia de género reside en los esfuerzos del
hombre por mantener su poder e influencia sobre la
conducta de los demás, pudiendo llegar a herir o matar a
quienes les rodean -a sus compañeras, hijos o padres- e
incluso a autolesionarse mediante el suicidio, que se ha
convertido en un penoso epílogo de muchos episodios de
violencia de género.
Por otro lado, es común entender la violencia -también la
violencia de género- como una interacción social en la que
los actores participantes se encuentran en conflicto. Ahora
bien, aunque el conflicto es condición necesaria para la
acción violenta en la pareja, no es condición suficiente para
explicarla. Es normal que conflicto de pareja y violencia de
género se den simultáneamente, pero también pueden
darse por separado. Sin embargo, es habitual que la violencia
se active como una exitosa táctica en la resolución del
conflicto pues, de ese modo, el agresor recupera el control
de la situación violando la integridad de la víctima, que
queda así controlada. El conflicto entre humanos está, por
tanto, en el origen de toda situación de violencia, y ésta no
suele darse al margen de aquél, lo que no quiere decir que
todos los conflictos de pareja se resuelvan a golpe de
violencia.
En la violencia de género, se diferencia dos tipos de agresiones,
por un lado, la violencia instrumental, y, por otro, la
violencia emocional (BERKOWITZ 1996: 40). En el primer
caso, la violencia se convierte en un instrumento para
mostrar dominio sobre la otra persona. En estas agresiones
instrumentales no suele haber precipitación, pues los ataques
se ejecutan con frialdad y con una clara voluntariedad.
El agresor ataca cuando puede tener probabilidades de
éxito, asumiendo conscientemente los riesgos con objeto
de minimizarlos. En el segundo caso, el principal objetivo es
causar daño a la víctima. La agresión emocional nace de un
sentimiento de insatisfacción personal y busca el placer
dañando a los demás. Contrariamente al caso anterior, los
ataques se ejecutan con ninguna o muy poca premeditación,
sin un análisis consciente de los resultados de dicha
acción, tanto para quien la lleva a cabo como para la propia
víctima. Se produce una especie de cortocircuito en el
proceso normal de evaluación de la situación por parte del
agresor, que no se para a pensar las consecuencias de sus
actos. Se trata de una violencia de género en caliente, en la
que el conflicto lleva directamente a la agresión. En estos
casos, el conflicto suele ser mucho más intenso y
prolongado. El intercambio agresivo (palabras, gestos...) se
precipita hacia la violencia en un momento de descontrol y
estalla, dándose la particularidad de que a veces los
papeles de agresor y víctima se alternan en el mismo acto,
llevados ambos por una fuerte agitación interna.
Pero, ¿cuál es el papel de los medios de comunicación
y de la publicidad?
El estudio de las causas de la violencia humana ha encontrado
tres grandes explicaciones (EIBL-EIBESFELDT 1987:
89-90), de entre las cuales, el Modelo de la psicología del
aprendizaje (Bandura, sobre todo) parece el más respetable.
Este modelo considera, grosso modo, que todo comportamiento
violento nace de un aprendizaje previo. Desde
pequeños, los niños son socializados en la violencia como
un método para alcanzar logros sociales. El éxito en la
utilización de esta conducta violenta conlleva un refuerzo de
la misma, convirtiéndose en un hábito con buenos resultados
en la vida social: "la biología nos hace agresivos, pero
es la cultura la que nos hace pacíficos o violentos" (SANMARTÍN
2000: 19). Desde esta perspectiva, los modelos y
estereotipos sociales que difunde la televisión, el cine, la
música o la publicidad, podrían llevar a un aprendizaje de
actitudes y conductas en las que la resolución de los conflictos
conduce necesariamente a la violencia. Por supuesto,
aquí los medios de comunicación no son más que una parte
-importante- del medio ambiente en el que se mueve el ser
humano. Este medio ambiente es el causante de la mayor
parte de las predisposiciones humanas a la agresión, fruto
de la desatención familiar, de los ambientes empobrecidos
económica y culturalmente, de la presión de los iguales, de
los abusos sexuales y/o psíquicos, etc. Todos ellos conforman
una trama de causas que permiten que la agresividad
aparezca pronto en la vida de muchas personas.
Los medios de comunicación han reproducido algunos
valores asociados con la agresividad masculina (competencia,
virilidad, honor, poder, lucha…), permitiendo la glorificación
del sexo masculino en detrimento del femenino. La
cultura occidental ha dado todo el protagonismo al hombre,
del cual se exige una continua reedición de su hombría que
conduce a veces a la violencia de género. Esta conducta
masculina bravía viene a veces acompañada de su
exhibición ante los demás. Es normal que, al igual que
ocurre con otros animales superiores, el hombre entre en
competencia con otros en la demostración de su virilidad,
su fuerza y su poder. En ocasiones, como un simple juego
demostrativo. En otras, como una auténtica competición
que puede acabar con la muerte de uno de los
contendientes.
No obstante, es cierto también que la mujer está
incrementando lentamente su presencia en todo tipo de
delitos, incluso en los que cursan con violencia. Probablemente,
la mujer, en su afán por ganar terreno en tareas que
antes, y de manera discriminatoria, eran competencia del
hombre, va adquiriendo ciertos valores que predisponen a
la violencia: poder, dominio, competitividad... En cierto
modo, la mujer ha masculinizado sus actividades, sus
gustos, y también sus valores. Ello explica que la
agresividad encuentre cada vez más adhesiones en la
conducta de algunas mujeres.
Como decíamos, los medios masivos, especialmente la
televisión, se consideran factores ambientales determinantes
de la propagación de estereotipos de género que
podrían perjudicar el desarrollo de una sociedad auténticamente
paritaria. Por supuesto, también se alzan voces
que defienden la utilidad social de los nuevos medios de la
comunicación humana. Estas posturas ideológicas enfrentadas
generan enconados debates que incrementan la
urgencia de obtener respuestas relativas a los efectos que
los medios podrían provocar en la psique y la conducta de
los receptores. En general, la ciencia actual reconoce la
importancia que tienen los medios de comunicación como
propagadores de ideas y procedimientos para llevar a cabo
acciones violentas, pero no como inductores directos de las mismas.
Los medios, en tal caso, no determinarían la
acción violenta por sí mismos, pero sí permitirían que los
sujetos tuvieran un alto nivel de conocimientos sobre cómo
agredir a otra persona.
De esta responsabilidad no escapa ninguno de los
contenidos presentes en la televisión y en otros medios
masivos. Miguel Rodrigo Alsina (1998: 23) considera que la
violencia está presente en los tres géneros discursivos
audiovisuales, a saber, la publicidad, la información y el
entretenimiento. De este modo, a pesar de que los contenidos
tradicionalmente criticados por su carácter violento son
las películas y series televisivas, este autor destaca
también la presencia de violencia en la publicidad y en los
informativos. Para demostrarlo, presenta el dato de que se
emplea algún elemento de violencia en un diez por ciento
de los anuncios de juguetes analizados por el Consell de
l'Audiovisual de Catalunya. Así, la presencia de contenidos
violentos, antes parcela casi exclusiva de las películas y
series de ficción, se ha trasladado también al discurso comercial
y de la noticia. En suma, partimos de los siguientes
presupuestos científicos (BERKOWITZ 1998: 46):
- La violencia que se emite por televisión parece contribuir
en la aparición y desarrollo de efectos antisociales en
los públicos.
- Hay tres tipos principales de efectos provocados por la
violencia televisada: aprendizaje de actitudes y conductas
agresivas, insensibilidad ante la violencia, y temor a ser
víctima de la violencia.
- La forma de representación de la violencia es
fundamental para determinar su capacidad de generar
efectos en los espectadores, pues no toda manifestación
violenta en televisión tiene el mismo riesgo de perjudicar a
los públicos.
Por tanto, no toda la violencia representada en televisión,
incluida la publicidad, tiene la misma capacidad de afectar a
la mente humana, por lo que la escenificación más peligrosa
sería aquella en la que (DONNERSTEIN 1998: 54-55):
- El agresor es atractivo y actúa por razones moralmente
adecuadas.
- El agresor se ve envuelto en continuas acciones
violentas aparentemente realistas.
- El agresor es recompensado por sus actos.
- El agresor usa armas convencionales.
- El agresor ejecuta sus acciones sin consecuencias
visibles.
- La acción está impregnada de un cierto sentido del
humor.
Hombres y mujeres agresivos en la publicidad
televisiva
En las últimas décadas, la publicidad ha sido obviada en los
estudios que han medido la presencia de contenidos violentos
en la televisión. Como punto de partida, la mayoría de
investigaciones tiende a excluir de sus análisis los informativos,
las retransmisiones deportivas y los espacios comerciales.
No obstante, si -con muchas precauciones- pudiera
entenderse la exclusión de los dos primeros por estar
fundamentados en imágenes que no se han concebido
previamente a través de un guión meditado, no tiene sentido
la exclusión de los contenidos publicitarios, pues estos,
además de ser de eficacia probada, son fruto de una
cuidadísima planificación.
Como ya se ha comentado, uno de los pioneros -y aún
pocos- estudios sobre la violencia en la publicidad fue
auspiciado hace años por el Consell de l'Audiovisual de
Catalunya, teniendo como objetivo la medición de la
presencia de contenidos violentos en los anuncios de
juguetes emitidos por televisión (RODRIGO ALSINA 1998:
27). Este estudio detectó que un diez por ciento de
anuncios de juguetes incluye escenas de carácter agresivo,
siendo muy destacable este dato si se tiene en cuenta que
se trata de uno de los sectores de anunciantes más
minuciosamente regulado por la legislación y vigilado por
las asociaciones de consumidores y usuarios.
En todo caso, es muy difícil encontrar investigadores que
hayan reflexionado sobre la violencia en la publicidad.
Pioneros en esta inquietud son, en el ámbito español,
Perales y García Nebreda (1998: 50), que ya apuntaron
hace años la tendencia a encontrar en televisión contenidos
violentos en discursos tradicionalmente no violentos, como
ocurre en el caso de la publicidad televisiva. Para ellos, la
publicidad se ha ido contagiando de la violencia presente
en otros contenidos televisivos. Por tanto, concluyen, la
publicidad no sólo entretiene a las audiencias, sino que
también presenta la agresividad como un patrón de
comportamiento socialmente inevitable y representativo del
éxito social.
Y aún más preclaramente se manifestó Imbert hace más
de una década -Los escenarios de la violencia (1992)-
relacionando el crecimiento de las acciones violentas en la
publicidad con la redistribución de roles de género en la
sociedad. Según este autor, en los anuncios de contenido
violento, la agresividad se vindica como valor social
positivo, permitiendo que la mujer pueda acceder al
reconocimiento social que durante años la sociedad le ha
negado. De este modo, la publicidad ha asumido el
desorden ideológico imperante en un contexto en el que la
agresividad -valor tradicionalmente masculino- se traslada
a la esfera de la mujer actual: "[Se] está desarrollando
últimamente el [mito] de la mujer rebelde, no ya del orden
económico sino más bien de lo que podríamos llamar el
orden imaginario: el derecho a fantasear, a disfrutar de los
valores estéticos e incluso el derecho a cierta gratuidad (el
disfrutar de un status y, al mismo tiempo, de la negación de
este status)" (1992: 40). En definitiva, la agresividad, que en
la publicidad tradicional era terreno natural del hombre, se
conforma como un valor positivo para la nueva imagen de
la mujer en la publicidad. Desde estas primeras apreciaciones
de Imbert, son muchos los ejemplos publicitarios
de mujeres que emplean la agresividad como un recurso
muy útil para alcanzar todo tipo de objetivos sociales y
económicos. En general, la dialéctica entre los géneros se
encuentra en el núcleo narrativo de este tipo de mensajes.
En la publicidad televisiva actual, la mujer no deja de
aparecer bajo los estereotipos clásicos de mujer madre,
mujer Afrodita, mujer sumisa o mujer ángel -por seguir
algunos tipos de la clasificación de León (2001: 83-108)-,
pero, junto con estos modelos clásicos estereotipados, la
publicidad presenta también a nuevas mujeres más
independientes, más autorrealizadas, más dinámicas, más
duras... Esta nueva mujer, que no vindica su feminidad o
sensualidad como principal valor sino los anteriormente
enumerados, gestiona sus relaciones de pareja con
absoluta sensación de dominio, y no está dispuesta a dejar
pasar la oportunidad de recordarle a su pareja que ella tiene
idénticos derechos y obligaciones que él. De este modo,
ante la más mínima insinuación de acoso sexual o de
conducta machista, las nuevas chicas de la publicidad
atacan -a veces, despiadadamente- a su pareja, que, en la
mayoría de ocasiones, no tiene más salida que la defensa
propia, siendo muy extraño el contraataque. En cierto
modo, la publicidad actual está realizando, a su modo, una
política comunicativa de discriminación positiva, en la que
ahora se le permite a la mujer realizar determinadas acciones
agresivas contra el hombre que serían absolutamente
intolerables en el caso contrario.
En una investigación propia sobre las formas representación
de la violencia en la publicidad (GARRIDO 2003), he
podido contrastar que estas tendencias apuntadas anteriormente
por algunos investigadores se están cumpliendo. En
este estudio, se han analizado más de 1.200 espots
publicitarios emitidos por Canal Sur Televisión en los
últimos años, descubriendo que la presencia de violencia
explícita afecta sólo al 4.79 por ciento del total de la
publicidad televisiva. Este dato, que no debe minusvalorarse,
queda bastante lejos de la presencia de violencia en
otros contenidos televisivos, como películas, telefilmes,
series o dibujos animados.
Como puede observarse en la tabla precedente, más de la
mitad de los espots publicitarios de contenido violento
persigue al público masculino de manera exclusiva. Este
porcentaje se eleva a casi el noventa por ciento cuando
estos comparten el target de campaña con las mujeres, las
cuales sólo son público exclusivo para el doce por ciento de
este tipo de anuncios. De estos datos, puede colegirse que
la audiencia buscada por los anuncios de contenido violento
es marcadamente masculina, pero también que la agresividad
es un argumento de persuasión creciente para el
público femenino, al que se le atribuye en la publicidad
actual algunas de las características que hace décadas se
reservaban casi en exclusiva para el masculino.
En general, la mayor parte de los anuncios con violencia
sigue destinada a los hombres. En ellos, el protagonista
masculino con el que se puede asociar el espectador
despliega eficazmente la violencia en situaciones de
competencia con otros hombres. De hecho, competitividad
y agresividad se asocian en muchos de los espots
analizados, incluso es normal que la violencia masculina se
asocie con el mundo del deporte, haciendo añicos el
espíritu del juego limpio sin violencia. Por ejemplo, en un
anuncio de Nike, para su línea Cross Training, el joven
protagonista masculino -Leo- va transitando por una serie
de videojuegos en los que se desarrollan una gran cantidad
de acciones violentas asociadas con deportes como el
fútbol, el baloncesto, el automovilismo o el tenis. En dicho
anuncio, se produce un conflicto de género muy significativo.
En un momento de la narración, Leo transita violentamente
de una escena a otra mediante una ruptura -literal-
del escenario, lo que le lleva a caer sobre una joven que
porta un extraordinario par de pistolones. Sin querer, Leo ha
quedado asido a los senos de la chica, la cual comienza a
disparar sin ton ni son y, viendo que no puede desprender
al sujeto masculino, le propina un puñetazo que lo lanza
hacia otra escena del vertiginoso espot. De este modo, se
representa el conflicto de género de manera simple y
estereotipada, resuelto mediante la violencia de discriminación
positiva de la que hablábamos con anterioridad,
aquella en la que la chica se defiende de manera desproporcionada
ante la más mínima insinuación masculina,
incluso cuando el sujeto masculino, como ocurre con Leo,
no ha podido controlar sus actos.
En cierto modo, buena parte de la publicidad sigue
mostrando mundos idílicos en los que el conflicto no existe.
Sin embargo, cuando se muestran conflictos de pareja o
simplemente de género, los comportamientos suelen ser
violentos, demostrando una vez más que la violencia es la
forma más eficaz de resolver los conflictos, también los de
género. Y, como novedad, la mujer se ve reflejada y atraída
por un tipo de publicidad que estimula su agresividad, la
cual se convierte en muchos anuncios destinados a ella en
un signo de independencia y de superioridad frente a los
hombres. Así, en un anuncio de La Cocinera, una chica
lanza un jarrón a la cabeza de su pareja cuando descubre
que éste le está engañando con otra chica, mientras que en
otro anuncio, de Tampax Compak, la protagonista femenina
-encarnación de la nueva mujer joven independiente- ataca
a un grupo de hombres que lo único que pretenden es
ofrecerle una serie de prendas de vestir. Al final, la chica ve
recompensado su comportamiento violento de manera
emocional, pues un par de chicos la miran embelesados. El
espot culmina con una significativa frase de cierre dirigida a
las jóvenes consumidoras del producto anunciado: "El juego
continúa, ¿qué vas a hacer tú?".
Los personajes -sean agresores o víctimas- de los espots
de contenido violento analizados, son hombres en el 74.05
por ciento de los casos, y mujeres en el 18.32 por ciento. En
el 7.63 por ciento restante, es imposible dilucidar el sexo de
los personajes, pues se trata de seres inanimados o de
animales sin determinación del género. Si estudiamos estos
datos por perfiles de agresión, descubrimos que los
hombres son la mayoría de los agresores, pero también la
mayor parte de las víctimas (48 de 63). Sin embargo,
contrariamente a lo que marcan las estadísticas oficiales, el
género femenino se representa más como agresor que
como víctima de las acciones, debido probablemente a dos
factores ya apuntados: primero, que existe una gran
sensibilidad ante la violencia sobre las mujeres, por lo que
un tipo de mensaje en el que la mujer fuera víctima sería
más reprobable y esto podría perjudicar la imagen del
anunciante; y segundo, que buena parte de la publicidad
actual apunta un nuevo tipo de mujer que encarna valores
tradicionalmente masculinos, entre ellos, la agresividad.
Por ello, es normal encontrar protagonistas femeninas que
no se amilanan ante los hombres. En un anuncio de Crunch
Cereales, de Nestlé, un par de compañeras de apartamento
atacan con verdadera saña la integridad física del vecino de
enfrente, que se insinuaba a través de las cristaleras de su
vivienda. A estas mujeres, la publicidad les concede "el usufructo
de la combatividad contra el varón, también rentable
comercialmente y que es una de las notas peculiares de la
última modernidad" (LEÓN 2001: 96). Además de los casos
ya comentados, este esquema de agresión femenina
aparentemente justificada se repite en otros espots. En un
anuncio para el exitoso audiovisual infantil Toy Story-2, la
vaquera protagonista ataca salvajemente al protagonista
masculino, Woody, muy probablemente por algún
comentario machista que no se recoge en la secuencia del
espot. Finalmente, en otro anuncio para los vaqueros Levi´s
Twisted, la chica empuja violentamente al chico, que,
incapaz de controlar los movimientos de sus pantalones, no
puede hacer nada por evitar pegarse a la chica a la altura
de la cremallera, lo que es entendido por la protagonista
como un auténtico acoso sexual. Estas agresiones
aparentemente justificadas concuerdan, como se expuso
anteriormente, con la forma de representación más
perniciosa en la generación de los efectos mentales de
aprendizaje, temor e insensibilidad en los diversos públicos.
A veces, la agresividad femenina se presenta como una
característica que, no sólo es valorada por las propias
mujeres, sino también por los hombres. Decíamos que los
protagonistas masculinos del espot de Tampax Compak se
sentían atraídos por esta particular guerrillera, pero también
se han localizado otros casos. En un anuncio del Peugeot
206, un chico tiene una cita a ciegas a través de internet
con una chica. Ambos se reconocerán al portar una rosa
roja, pero el chico deja caer la rosa cuando descubre que la
ella no es lo que esperaba, pues aparece representada
como una joven mojigata. En los siguientes planos, la chica
aparentemente sosa y mediocre se transforma en una
supermujer que supera con habilidad y agresividad una
gran cantidad de pruebas con la ayuda -lógicamente- del
automóvil anunciado. El chico, que ya había dejado caer la
rosa identificatoria, la toma de nuevo al sentirse atraído por
la nueva mujer dura.
En algunas ocasiones, la agresividad femenina se proyecta
sobre otras mujeres, como sucede en un anuncio del
helado Extréme, de Camy, en el que una mujer impide que
su compañera pueda tomar el helado que ella disfruta,
desarrollándose una escena de vivísima violencia -sobre
todo, psicológica- al más puro estilo gore. En otras
ocasiones, aunque pocas por los motivos ya comentados,
la mujer es la víctima en las narraciones puestas en juego.
Es lo que sucede con un espot del desodorante Axe en el
que la atracción irresistible por el chico que usa el citado
desodorante lleva a una mujer a perder la vida. La acción se
sitúa en un violento combate de boxeo. Un chico entra en el
recinto y se sienta junto a una chica más atractiva que él.
Ésta comienza a sentirse atraída por el chico -el irresistible
efecto Axe- y cierra los ojos en un momento de éxtasis. En
ese instante, uno de los boxeadores es lanzado por los
aires y cae sobre la chica, que muere aplastada. El protagonista
masculino, antes que socorrer a la víctima, observa
que el perfume de su desodorante comienza a afectar a otra
mujer sentada a su derecha.
A modo de conclusión
Los espots publicitarios muestran mayoritariamente agresores
y víctimas de género masculino. No obstante, la mujer
es representada más como agresora que como víctima de
la acción violenta. Esta sobrerrepresentación de la mujer
como agresora puede tener diversas explicaciones:
primera, la sensibilidad social ante mensajes en los que las
mujeres son víctimas de agresiones; y, segunda, la apuesta
publicitaria por un tipo de mujer joven más dura que no se
deja amilanar por el sexo opuesto.
Por otro lado, con independencia de que hombres o
mujeres sean agresores o víctimas en los espots, el modelo
de representación de la violencia en los espots publicitarios
permite concluir que la violencia es una exitosa forma de
resolver los conflictos humanos, incluidos los de género. En
general, puede decirse que, comparando las conclusiones
de esta investigación con los datos consensuados por los
investigadores en las Recomendaciones de Valencia,
publicadas por el Centro Reina Sofía para el Estudio de la
Violencia (1997), existen determinados elementos que perjudican
seriamente a los espectadores, especialmente a los
más jóvenes: la presencia de narratividad, el carácter intencional
de las acciones violentas, la consumación del hecho
delictivo sin otras alternativas, la legitimación del acto
agresivo, el carácter y físico atractivo de los agresores, la
juventud de agresores y víctimas, la asociación del reconocimiento
social con la agresividad, la ausencia de castigos,
la presencia de premios materiales o emocionales y, finalmente,
el recurso del humor como edulcorante de las más
graves acciones.
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